Viernes 26 - Mayo, 2017

“Hermano Cucurucho”

24 de Marzo, 2016

Por: Eventos Católicos

Por: Alfredo Balsells Rivera

(El Imparcial 28 de marzo de 1934)

Hermano Cucurucho (y perdona la confianza de llamarte hermano como en tratarte de tú, yo que jamás he sido cucurucho); Hermano Cucurucho: tú no sabes cuánto te admiro y hasta donde me pareces un personaje inconmensurable, ahora te lo digo en el mayor secreto. Eres uno de los pocos individuos interesantes que quedan en el mundo. Tú, el almirante Byrd, que todos los años va al polo, a medio morirse de frío y los aeronautas que a poco ascienden a la estratosfera, son tres tipos que me atraen y me conmueven.

Empiezo a admirarte desde cuando aceptas no salir nunca de Guatemala durante los días de Semana Santa, con tal de asistir a las procesiones. Tus hermanos herejes salen de aquí. Van al mar, al campo o a la montaña. Pero tú no te mueves. Tú estás ahí, sin inquietudes que te devoren el alma sin pasiones ni compromisos que te impidan cumplir los deberes de la Semana Mayor, sin otra cosa que esa vocación eterna e inmortal de ser cucurucho.

Y te admiro enseguida, cuando antes del Domingo de Ramos te dedicas a limpiar  tu túnica negra o morada, borrando en ella a fuerza de alcohol y paciencia, las gotas de cera que guardaran desde la última Semana Santa. Cuando vas a los almacenes, a probarte guantes blancos para llevarlos en la ceremonia anual. Cuando al fin, satisfecho de tener el ropaje limpio y los guantes nuevos, duermes tranquilo, en espera del día grande para el cual te has comprometido voluntariamente desde la adolescencia.

Sigo admirándote, Hermano Cucurucho. Te admiraré siempre. Eternamente llevarás contigo este asombro mío, que quizás tenga algo de profano, pero que se salva por las grandes virtudes de la sinceridad.

Cuando estoy en alguna plaza, en alguna acera o en algún balcón, dispuesto a presenciar el desfile religioso, ya no tengo ojos más que para ti, y se me olvidan muchas cosas que antes me preocupaban.

Si suenas la matraca, al hacerlo adoptas una actitud tan especial, tan inimitable, tan tuya, tan de director de orquesta que se apresura a dirigir los compases de su mejor sinfonía, que llamas la atención y nos dejas inmóviles de asombro. Si mueves el incensario, lo haces con un ritmo y un método que solo la costumbre puede dar y que, por tanto, a nosotros, los espectadores nos asombra también. Y si marchas velozmente de un lado a otro, si ordenas a tus compañeros que no se salgan de la fila, si regañas a los transeúntes curiosos, si despejas la calle para que el cortejo no encuentre tropiezos, eres único y formidable. Hasta los policías de tránsito se sienten avergonzados de tu actividad, ellos que no hacen otra cosa en todo el año.

Pero, óyeme bien, Hermano Cucurucho, cuando mi admiración llega a los límites máximos, cuando envidio tu fervor y tu fe, es cuando te veo cargar una imagen, a tropezones entre las piedras, sin saber a punto fijo por donde vas, sudando bajo los rayos del sol de marzo, y sintiendo, sin embargo, que con ello cumples tu más noble labor del año y te sacudes de los pecados vulgares. No te importa el verano. No te importa el calor. No te importan las calles malas. No te importa nada. Tú  vas a cumplir una misión y la cumples a conciencia, satisfecho de que Dios te haya dado fuerzas para llegar a esta Semana Santa y llevando en el alma la ilusión de que aun te las preste para el año próximo.

¿ Lo ves ?  Aunque tu no te hayas dado cuenta, Hermano Cucurucho, eres admirable para nosotros los que no nacimos cucuruchos ni hemos podido serlo nunca. Y nuestra admiración por ti, tiene mucho de envidia. ¡Quizá si fuéramos cucuruchos no seríamos como somos¡ pensamos a veces! Talvez la matraca y el incienso nos ayudarían a sobrellevar mejor nuestras penas.  Probablemente la túnica morada nos haría vernos en un espejo optimista, sano y trascendental. En cambio, ahora ya lo ves… No somos cucuruchos  no tenemos ilusión alguna y no podemos aprovechar fuera de Guatemala la temporada de Semana Santa.

Hermano Cucurucho: no quiero que te molestes conmigo por estas cosas que te he dicho, porque son sinceras. O, por lo menos, quieren serlo. Llévate nuestra admiración entre los bolsillos de tu túnica, si es que esta tiene algún bolsillo.  Y cuando vayas en el  desfile de Semana Santa, sudando bajo el sol de marzo, o cuando te desbandes un minuto, para tomar un refresco, acuérdate de que tu con el sol, el calor y la fatiga, eres diez mil veces mas feliz que los que no somos cucuruchos.

Ten la absoluta convicción de que creo decir una verdad inmensa, Hermano Cucurucho.

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